Hace medio año que conocí a Vivi y Manguito. Fue en febrero, cuando todavía usaba bastón para caminar tras pasar dos meses en convalecencia tras mi cirugía por peritonitis. Los conocí en los patios de la antigua estación del ferrocarril de Cuautla. Atraparon mi atención de inmediato: al menos en Cuautla, no es para nada común ver a una persona pasear a un gatito con una correa.

Él era un gato adoptado. Eso fue lo que me contó Vivi cuando la entrevisté. Tenía entonces 10 meses de edad.
«Le tengo mucho aprecio», dijo ella.
Las palabras se le cortaron antes de continuar, porque se emocionó.
Creía que Mangui la veía como a una madre: adondequiera que ella iba, él iba tras ella, ya sea en casa o por las calles. La acompañaba a vender sus aretes en la alameda, donde días después volví a visitarlos. Supe entonces que Vivi comenzó a vender aretes para pagar sus estudios y la renta del lugar donde vivía. Y me contó que, después de la primera entrevista que les hice, la gente comenzó a pedirle fotos al encontrarlos en la calle.
Hace un mes, Mangui falleció. No sé las circunstancias. En su página de Facebook, Vivi compartió la noticia:
«Hay despedidas que nos obligan a aceptar la única verdad que nunca queremos mirar: amar profundamente no nos concede el poder de retener a quien amamos», publicó.
Al darle mis condolencias, respondió:
«Emma, se me desgarra el alma. Quién diría que ese video que nos hiciste terminaría convirtiéndose en uno de los recuerdos más valiosos que tengo de mi criatura. Ahí quedó un instante de su existencia, caminando feliz por las calles de Cuautla. Gracias por regalarme, sin saberlo, un recuerdo que voy a atesorar toda la vida.»
Lo que no le dije es que aquel video (o mejor dicho, el instante que compartí con ellos) también fue muy significativo para mí. La entrevista que les hice fue la primera después de meses de dolor físico y emocional. Tenía miedo (y sinceramente pocas ganas) de seguir contando historias. Enfrentaba las complicaciones de una cirugía difícil y el drástico cambio que da una vida cuando estuvo a punto de terminar en un quirófano.
Conocerlos me ayudó a creer de nuevo en mí.
Ese fue el primer duelo que aprendí a sobrellevar este año. El segundo llegó nueve días antes de escribir esto.
Hace nueve días falleció mi abuelo, el papá de mi papá. Es una pérdida que sigo cargando y que, supongo, nunca terminaré de soltar. Porque, ¿quién supera por completo la pérdida de alguien a quien nos faltó comprender? La reflexión, para mí, se ha quedado como un árbol de raíces grandes, con preguntas que no desaparecen: ¿qué hay de él en mí? ¿Cómo puedo honrar lo mejor de su persona en mi propia vida? ¿Por qué tomó las decisiones que tomó? Me habría gustado conocerlo mejor, quererlo más. Abrazarlo con las fuerzas que él abrazaba.
No he vuelto a ver a Vivi. Al caminar por los lugares donde solía encontrar su puesto de aretes, no la he encontrado. Pero sé, por su página de Facebook, que sigue vendiendo aretes. Que sigue. Porque si algo tenemos que aprender cuando la vida nos sorprende, es esto: seguir.
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